¿Cuál es la verdadera diferencia entre el optimismo y pesimismo? ¿Estamos criando niños optimistas o pesimistas?

February 12, 2020

 Se tiene un pre-concepto blanco y negro de la diferencia entre optimismo y pesimismo. Por un lado se ve a la persona optimista como una que ve el lado positivo a la adversidad, llevándolo al extremo de convertirla a los ojos de los demás como una persona ignorante que no conoce los límites de la realidad, un visionario con complejo icariano, quien muy pronto se le derretirán las alas por volar cerca del sol, un futuro pesimista que todavía no lo sabe.

 

Los pesimistas, por otro lado, se les ven por un lado como realistas que vieron demasiado, y por el otro, como personas que se rinden sin antes haber intentado, por más que las probabilidades estén de su lado.

 

Lo más increíble de todo no es la falta de matices con lo que vemos estas dos definiciones en el día a día o que muchos prefieran autodefinirse como “realistas”, diciendo que existe el color gris, sino, saber que la simplicidad que divide a un optimista de un pesimista es el cómo define un suceso, si lo ve como algo temporal o permanente.

 

Si tenemos un accidente y pensamos que siempre nos pasa esto porque somos incapaces de evitarlo, este pensamiento nos atrapará, y cuando suceda de nuevo no intentaremos luchar contra la corriente.

 

Lo mismo pasa cuando suceden cosas buenas y la paranoia que muchos tenemos. ¿Cuántos de nosotros no pensamos “ahora nos va a pasar algo malo” cuando están pasando muchas cosas buenas? Esperando el mazo de la justicia kármica, igualando la situación.

 

El vivir una vida con optimismo no conlleva a la fe ciega que todo lo que nos va a pasar son cosas buenas, o el pensar que suceden por un motivo superior, sino es el comprender que las cosas malas son temporales, el intentar aprender para no repetir y potenciarnos, aprendiendo de nuestros logros, llevándolos como medallas de orgullo y a los fracasos como cicatrices de guerra, pasaron pero fueron sobrevividos.

 

Sabiendo esto, es vital el cambiar la mentalidad con la que asumimos ciertos eventos para evitar encasillarnos y limitarnos, así el cómo usamos estos términos enfrente de nuestros hijos. Si ellos perciben ciertos sucesos de una manera, la repetición les terminará fijando la idea, teniendo un efecto en su autoestima. Si cuando no junta sus juguetes le regañamos diciendo “siempre me haces lo mismo…” él/ella va a tomar eso como algo que no se podrá cambiar, siempre dejará todo desordenado, y es por eso que las personas se enojarán, o si infravaloramos ciertos logros como temporales, asumirán que fueron casos de suerte y no de esfuerzo, afectando la motivación.

 

La calma con que lidiamos ciertas situaciones se transforma en nuestra mejor aliada, el centrarnos en no distraernos por los ruidos externos, bloquear la ansiedad que pueda invadir y ubicarnos en el momento para comprender la migración del evento terminan siendo nuestro mejor aliado y el de las personas que nos rodean.

 

Una mala nota es pasajera, un vidrio roto se puede reponer y un juguete perdido se puede recuperar, pero la impresión que podemos dejar en nuestros niños con la repetición es lo que terminarán llevando en la mochila por todos lados.

 

Nuestro optimismo o pesimismo no solo nos define, sino que pueden definir a nuestros seres queridos.

 

Toma tiempo ver las cosas de una manera distinta, pero percibir la diferencia es el primer paso.

 

¡¡¡Siéntelo!!!

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